Cuando comienzo una novela, como cuando comienzo una relación, me creo una calma en que los días pasan sin nada más que me llame la atención que aquello en lo que enfoco toda mi energía. De vez en cuando bajo a la librería de Rafa, charlo un poco con él, comparto las noticias, las crisis electorales y los rumores del barrio; mantengo mi rutina de desayunar en el bar de siempre, para obligarme a salir de casa y pasear un poco, es lo malo de tener gato en vez de perro, excepto los días en que Jordi no tiene que madrugar, cuando podemos entretenemos entre las sábanas y me prepara el desayuno.
La nueva novela está, de nuevo, atascada. En cada ocasión me sucede lo mismo: tengo una historia que contar que me parece pueda resultar interesante, escribo del tirón varias parrafadas y al final me he vaciado en cuatro páginas. Todo sucede muy rápido, los personajes desaparecen y aparecen sin ton ni son y sin embargo la historia esta ahí, sé que al final saldrá una novela de estas cuatro páginas, sólo tengo que quedarme mirándolas el suficiente tiempo como para que una de las frases me de la pauta y desde ahí desglosarlo todo, capítulo por capítulo.
Así que esta tarde recorro Madriz con el portatil esperando encontrar un lugar con wifi donde pueda sentarme y escribir desde otro punto de vista que no sea el escritorio de mi casa.
A veces eso me ayuda.