18 mar 2008

Efímero

La felicidad es un sentimiento efímero, volátil. Hoy siento todo el peso de la tristeza sobre mis hombros. Hoy he visto como un motorista perdía el control antes de llegar a una rotonda y se mataba sobre la acera. Hoy comienza a llover, pero la gente no para de sonreir disfrutando sus vacaciones de Semana Santa. Hoy es un día para quedarme en casa, no ver a nadie, hablar con mi gato y leer a Vila Matas y su obsesión por la literatura del No. Es posible que termine padeciendo el Síndrome Baterbly. Ya sufro el Mal de Montano.
Debería dejar de leer para poder vivir.

17 mar 2008

Pautas

Cuando comienzo una novela, como cuando comienzo una relación, me creo una calma en que los días pasan sin nada más que me llame la atención que aquello en lo que enfoco toda mi energía. De vez en cuando bajo a la librería de Rafa, charlo un poco con él, comparto las noticias, las crisis electorales y los rumores del barrio; mantengo mi rutina de desayunar en el bar de siempre, para obligarme a salir de casa y pasear un poco, es lo malo de tener gato en vez de perro, excepto los días en que Jordi no tiene que madrugar, cuando podemos entretenemos entre las sábanas y me prepara el desayuno.
La nueva novela está, de nuevo, atascada. En cada ocasión me sucede lo mismo: tengo una historia que contar que me parece pueda resultar interesante, escribo del tirón varias parrafadas y al final me he vaciado en cuatro páginas. Todo sucede muy rápido, los personajes desaparecen y aparecen sin ton ni son y sin embargo la historia esta ahí, sé que al final saldrá una novela de estas cuatro páginas, sólo tengo que quedarme mirándolas el suficiente tiempo como para que una de las frases me de la pauta y desde ahí desglosarlo todo, capítulo por capítulo.
Así que esta tarde recorro Madriz con el portatil esperando encontrar un lugar con wifi donde pueda sentarme y escribir desde otro punto de vista que no sea el escritorio de mi casa.
A veces eso me ayuda.

12 mar 2008

Momentos

Disfruto de mis momentos de soledad con una alegría inesperada. La primavera la siento tan cerca que parece que el verano ya está aquí. Paseo por las calles con mi coche recién lavado por barrios que no recorría desde no sé cuándo. Me quedo sola delante del portátil y me entretengo en ordenar mis carpetas de música recién bajada. El gato ha dejado de estar sobre mis piernas para mirar, descarado, a la gente que pasea por la calle al sol. Mi mira de reojo para segurarse de que todo sigue en su sitio, de que la quietud de la tarde no trastoca sus planes y sólo baja para calmarse la sed y lamerse. Suena música brasileira mientras escribo.
Las doce en el reloj y parece que la felicidad es esto.

15 ene 2008

Si

Por lo que se ve me preocupo demasiado. Me desvela la incertidumbre del futuro, si seguiré aquí mucho más tiempo o me mudaré la semana que viene, tan sólo depende de una conversación de poco más de media hora. Si envejeceré al lado de este hombre que me fascina, me seduce y me cuida. Si mis decisiones son las más acertadas, las óptimas. Si la vida me puede en un pulso que sé de antemano imposible de ganar. Me desvelan las posibilidades, las probabilidades, los enfrentamientos, las deudas pendientes, los enemigos al margen del camino, los que creas con intención y los que brotan inesperados, los rencores acumulados, la negatividad, que se refleja en cada esquina que tuerzo, en cada telediario que veo mientras ceno, en cada discusión vecinal. Me atormentan cosas sin importancia, como qué palabra será la más adecuada para expresar esta idea, y no otra. Sé que esta duda no cura el cáncer, ni salva vidas, ni quiebra o levanta empresas y sin embargo parece que pongo mi vida en ello, mi sueño, mi hambre, mi deseo. Hay quien me dice que sufro exceso de pasión para todo. Hay quien lo considera una estupidez. A mí sólo me queda esperar a la primavera

5 ene 2008

Teoría del atropello del autobús

Esta mañana amanecí con el pelo revuelto, como cada mañana. Me costó levantarme cinco minutos de remolonear entre las sábanas, echar a mi gato, que me hacía cosquillas en la cara con sus bigotes, y aclimatarme al frío de la habitación, ese espacio infinito que hay más allá del calor de las sábanas en invierno. Analicé detenidamente las ojeras de mi cara, como si al mirarlas fijamente fueran a desaparecer. Escuché el pitido de la tetera y a Jordi gritando "¡El tren!", como tiene por costumbre. Le hace gracia asustar a mi gato, creo. Me acerco a él, que ya tiene las tostadas preparadas, y pienso que ese pequeño reducto de cotidianidad podría ser la felicidad. Le abrazo con fuerza y no pienso en el pequeño bulto que me ha salido en un pecho. Disfruto de ese abrazo como si fuera el último. Por si acaso.